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ORTIZ, Victor Hugo Limpias. . Arquitextos, São Paulo, año 02, n. 022.04, Vitruvius, mar. 2002 <https://vitruvius.com.br/revistas/read/arquitextos/02.022/801/es_ES>.

El Alto es la urbe más alta del mundo, con 700.000 habitantes que viven a más de 4.000 metros de altura, en el frío e inhóspito altiplano boliviano. A pesar de su importancia demográfica, continúa desconocida a medio siglo de nacer espontáneamente, cuatro décadas después de ser bautizada como “Ciudad Satélite” de La Paz y a 14 años desde la oficialización de su condición de ciudad autónoma. Curiosamente, los “alteños” no figuran en la mayor parte de los mapas, y apenas merecen uno que otro comentario tangencial en la bibliografía (1). A pesar de ello, nada impide que El Alto vaya estableciendo su propia realidad urbana y arquitectónica, marcando diferencias con su ciudad madre: La Paz, sede del gobierno boliviano.

El viejo asentamiento informal, con poco más de 10.000 habitantes en 1950, se consolidó gracias a las urbanizaciones construidas por CONAVI a partir de 1964. Los barrios para trabajadores, junto al Aeropuerto Internacional y las carreteras de La Paz a Oruro, Guaqui y Tiawanaku, motivaron el desarrollo de la actividad comercial e industrial que comenzó a caracterizar la zona en la década siguiente (2). Para 1976, la población del entonces mayor barrio paceño era de 95.000 habitantes (3). El colapso de la economía minera en 1985, con el subsiguiente proceso migratorio que genera hacia las ciudades y el establecimiento de la nueva política económica contribuyeron al crecimiento demográfico explosivo y a la consolidación de El Alto como asentamiento urbano fundamentalmente aymara (4).

Para fines de los ´80, la urbe alteña había establecido diferencias notables en relación a la sede de gobierno a nivel social, étnico y económico (5). Así, mientras La Paz entonces ya se percibía como ciudad de blancos y mestizos, tradición burocrática y arquitectura de inspiración internacional; El Alto era reconocida como ciudad indígena, con población de origen campesino y minero, de comercio informal y arquitectura precaria (6). Ese marco de diferenciación sociocultural, junto a la nueva escala demográfica del barrio, aliada a la insatisfacción crónica de las aspiraciones alteñas, terminó generando una especie de enfrentamiento entre ambos centros urbanos, aún vigente. Por ello, la autonomía de El Alto resultaba inevitable, además de necesaria. Así, cuando en septiembre de 1988 obtuvo su autonomía, El Alto nació como la cuarta ciudad más poblada de Bolivia, y con el más elevado índice de crecimiento demográfico (9,1% anual) (7). Al iniciar el siglo, la población alteña continúa siendo una de las que más crece en el país, junto a Santa Cruz, Cochabamba y Cobija.

Actualmente, la población alteña presenta una complejidad socioeconómica que va más allá de los estereotipos mencionados previamente, pero en general se puede reconocer que por una cuestión de sobrevivencia, los alteños que no trabajan en las industrias o en las oficinas, empresas y viviendas paceñas, apuestan fundamentalmente al comercio informal minorista, la producción artesanal, los servicios, y la industria mediana (8).

En términos sociales, la vida en El Alto es similar a las demás ciudades bolivianas. Sin embargo, por su mayoría indígena, el conflicto entre lo global y lo originario, entre lo universal y lo regional, parece ser más intenso y dramático. Los jóvenes alteños alternan sus preferencias entre el rock, la cumbia y la saya (9), entre artistas extranjeros y nacionales. Los fenómenos de aculturación y adaptación alcanzan una dimensión particular en donde “...los anhelos por ´blanquearse´ culturalmente coexisten con similares deseos de autoafirmación y búsqueda de lo auténtico. Es la diversidad en la diversidad...” pero en ningún caso suponen un reemplazo de la cultura aymara, pues ésta condiciona fuertemente las relaciones sociales urbanas fundamentales (10).

Cansados de promesas incumplidas, los alteños no confían en el apoyo estatal, como en su momento no confiaron en el apoyo municipal paceño. No es de extrañar entonces que buena parte de ellos prefieran enviar a sus hijos a colegios privados y que hayan exigido contar con su propia universidad, rechazando enérgicamente las ofertas-demasiado tardías por cierto-de la universidad pública paceña. Una vez más se demuestra que la negligencia tiene su precio y la paciencia, sus límites. Firmemente, los alteños han optado por ejercer presión ante las autoridades gubernamentales a través de diferentes mecanismos (paros, bloqueos, huelgas, invasión de oficinas, etc.) debido a “...las necesidades insatisfechas, el marginamiento y la exclusión social que sufren...” (11)

Urbanismo

La metrópoli del altiplano posee más de 400 barrios, distribuidos en 7 distritos que caracterizan a tres grandes zonas: norte, central y sur. La zona central es la más antigua y por lo tanto, se encuentra más consolidada arquitectónica y urbanísticamente, y en ella se concentra la administración pública, comercio de escala y servicios. La zona norte está habitada por campesinos, ahora convertidos en artesanos y comerciantes y en la zona sur, donde se encuentra el sector industrial, prevalecen los mineros relocalizados y campesinos provenientes de Oruro y Potosí (12).

Desde una perspectiva rigurosa, es evidente que El Alto sólo se entiende en el marco de la historia de la sede de gobierno y sus condicionantes topográficas. Carlos Villagómez dice al respecto, que “...este crecimiento [paceño] en diferentes fases de apropiación del espacio, conforma un conglomerado edilicio que termina por saturar las pendientes de la hoyada y se escurre hacia el altiplano alteño y los valles de Río Abajo”. Por su parte, Carlos Mesa observa que “...ningún conglomerado en el mundo se ha visto forzado a desplegarse en una diferencia de altitud de 900 mts. Desde los 4.100 mts. de El Alto ... hasta los 3.200 del Valle de Aranjuez...” (13) Sin embargo, el “origen paceño” de El Alto no ha impedido que la urbe altiplánica se divorcie social, cultural, étnica, arquitectónica y urbanísticamente de su ciudad madre.

Además de las diferencias sociales y de vocación económica, el entorno físico alteño se construye de manera radicalmente distinta al paceño, debido a las fuertes diferencias topográficas entre ambos centros urbanos. Mientras los paceños buscan afanosamente cómo adaptarse a las limitaciones de sus valles, quebradas y laderas, los alteños tienen la inmensa planicie del Altiplano a su disposición. Mientras unos se arrinconan y superponen incómodamente, los otros se expanden libre y generosamente. Esta diferencia por sí sola marca distintos caminos en el urbanismo y la arquitectura, además de las diferencias culturales. De esta manera, urbanísticamente, La Paz se agobia en su espina central sobresaturada mientras El Alto abre sus avenidas en todas direcciones. Mientras las arterias de una se bloquean y provocan serios embotellamientos, el tráfico de la otra fluye sin obstáculos. En una prevalen las edificaciones de varios pisos y en la otra la mayor parte de las edificaciones son de una sola planta. En una falta siempre terreno, y en la otra parece que sobra.

Aunque empieza el tercer milenio como una de las mayores ciudades bolivianas, El Alto carece de la mayor parte de la infraestructura urbana que requiere; y al parecer, sus habitantes están obligados a resolver sus problemas por su cuenta. Al contrario de sus pares más antiguas (La Paz, Santa Cruz, Cochabamba y Oruro), la ciudad no podrá beneficiarse de las obras públicas financiadas por el Estado, como normalmente ocurrió antes de 1985, debiendo limitarse a invertir lo que le corresponde proporcionalmente en el marco de la co-participación tributaria y la participación popular (14). En este nuevo contexto de inversiones públicas, es evidente la desventaja de los pobladores alteños, y por consiguiente, comprensibles sus reclamos (15). Por si fuera poco, además de la insuficiencia de recursos financieros, son evidentes la incapacidad técnica y la corrupción, institucionalizada allí como en todo el país.

El Alto es para muchos bolivianos sinónimo de las avenidas 6 de Marzo (La Paz-Oruro) y Juan Pablo II (La Paz-Tiawanaku) y el Aeropuerto Internacional del mismo nombre. Aunque de hecho, la ciudad ha crecido y se estructura alrededor del gran terreno que ocupa el aeropuerto y las vías mencionadas; existe hoy una vasta red de grandes avenidas que penetran en el altiplano como un gigantesco abanico, conformando una trama irregular de crecimiento espontáneo muchas veces fundamentado en loteamientos ilegales, caracterizado por una baja densidad poblacional y edilicia, que sólo adquiere cierto nivel de concentración en los límites de las avenidas y las plazas de los sub-centros.

La carencia de obras públicas, la escala de las demandas sociales y el sentido de oportunidad ha sido debidamente aprovechado por la sociedad civil. El sector privado y las ONGs suplen en la medida de sus posibilidades las urgentes necesidades de la población mayoritariamente pobre de la ciudad. En este sentido, gracias al carisma y entusiasmo de personajes como el párroco Sebastián Obermaier, y a fondos internacionales, la Iglesia Católica y centenares de ONGs vienen encarando una significativa cantidad de obras en el ámbito de la educación, la salud y la recreación. Es conocido el Plan de Desarrollo Municipal de Obermaier que contempla la construcción de dos anillos de circunvalación y una avenida Panorámica de 11 kilómetros de largo, que parte de la Ceja hasta la zona norte. Hay quienes proponen hasta tres anillos, seguramente inspirados en el modelo urbano cruceño (16).

La intensa actividad comercial y social que caracteriza a los sub-centros alteños, en relación al resto de la misma ciudad, demuestra categóricamente el grado de independencia urbana en relación a La Paz. La Feria de la Villa 16 de Julio atrae a comerciantes de todo el altiplano paceño; y la plaza de Villa Adela, con su mercado, su micros, sus edificios comerciales, sus institutos de computación y sus puntos de ENTEL, presenta el mismo grado de urbanidad que la Pérez Velasco de La Paz. Las avenidas conectoras, que atraviesan todo El Alto, están pavimentadas y juegan el mismo rol de apoyo comercial y de servicios que las avenidas radiales de Santa Cruz. Aunque los camellones centrales de varias de estas avenidas no podrían competir con los jardines centrales de El Prado de Cochabamba, por lo menos por la intención no se aplazan. De la misma manera, en los barrios residenciales más antiguos de El Alto, es posible encontrar jardines y árboles bien cuidados, así como viviendas tipo chalet, apropiadamente revocadas, pintadas y decoradas interiormente.

El crecimiento de la mancha urbana se fundamenta en loteamientos forzados (invasiones) y autoloteamientos generalmente ilegales, sin infraestructura de servicios básicos ni equipamiento comunitario. Junto a las bajas densidades demográficas, la mancha urbana adquiere dimensiones tan grandes que encarece cada vez más los costos de implementación de la infraestructuras y servicios que hoy faltan. Mientras más crecen las ciudades, mayores las distancias y los costos, y menores las posibilidades de resolver las carencias.

Arquitectura

Como en la mayor parte de las ciudades nuevas, los alteños no están condicionados por un pasado arquitectónico referencial y por ello, sus esfuerzos en la construcción de su entorno urbano, presentan dos facetas: o un alto grado de pragmatismo utilitarista, o un expresionismo experimental agresivo. Naturalmente, la primera actitud predomina en la mayor parte de la ciudad y la segunda se limita a ejercitaciones individuales.

El pragmatismo alteño presenta algunas características comunes y en general, las zonas más antiguas presentan un grado de consolidación mayor que las más recientes. Groseramente, es posible reconocer un proceso de consolidación fundamentado en la expresividad de los materiales. En los barrios recientemente instalados predomina el adobe, los menos antiguos presentan un predominio del ladrillo cerámico sin revoque; y en las zonas consolidadas, los muros están revocados, pintados y también revestidos con cerámica. Los techos empiezan de paja, siguen con láminas de zinc, y terminan con tejas de fibrocemento o losas de hormigón armado.

Sin embargo, es posible reconocer superposiciones tecnológicas por toda la ciudad. En muchas edificaciones el cemento coexiste con el adobe. Dentro de la estructura de hormigón armado, se levantan muros de ladrillo cerámico en panderete. En los sectores comerciales más consolidados es notorio el uso de revestimientos cerámicos en los muros, particularmente en el nivel de planta baja. En casi todos los barrios, el adobe es aprovechado como cerramiento de grandes superficies de terreno, y en muchos casos las piezas de adobe son construidas por el mismo propietario.

En general, la arquitectura comercial e institucional de la metrópoli más alta del mundo se enmarca en la tradición moderna nacional, incluyendo las intencionalidades posmodernas que incorporan lo autóctono. Las volumetrías responden a la intencionalidad racionalista, sustentada por las preocupaciones utilitaristas, focalizadas en el aprovechamiento máximo del terreno y el ahorro extremo en los materiales. Es posible reconocer algunas características que pueden ser calificadas como alteñas, particularmente en cuanto a la expresividad formal de los materiales de construcción, fuertemente vinculada a la actitud utilitarista que pareciera caracterizar a los habitantes de la ciudad.

La actitud expresionista se manifiesta en el uso de la policromía en algunos edificios comerciales y en ciertas viviendas. Pero la manifestación más clara de esta actitud propia de quienes buscan afianzar su individualidad, se la encuentra en una decena de nuevos templos con sus respectivos campanarios que se destacan con su potencia vertical y exótica libertad formal. Se acusa Obermaier de intervenir abusivamente en el hábitat altiplánico mediante campanarios que interpretan arbitrariamente la tradición germánica y bizantina, articulándola rudimentariamente con remedos del barroco mestizo, en una paradojal repetición de las críticas feroces que recibió Hans Roth al iniciar su trabajo en Chiquitos en 1974.

Los cuestionamientos más comunes sobre estas obras indican que “pudo haberse construido mejores campanarios” y no “simples reproducciones de arquitecturas foráneas”, “de mal gusto y torpes detalles”, pero éstos pierden consistencia cuando resulta imposible encontrar campanarios característicamente aymaras o altiplánicos construidos después de 1800. Los templos republicanos de nuestras ciudades poseen torres evidentemente inspiradas (copiadas en muchos casos) de tratados europeos. Bajo esta perspectiva, las críticas adquieren inevitablemente el rol de queja gremial por la oportunidad perdida; o por lo menos, por la incapacidad reiterada de llevar adelante-y financiar-nuestros propios proyectos de intervención comunitaria, quedando a merced de la buena voluntad, y por consiguiente los caprichos, de quienes si pueden hacerlo.

Con todo, y dejando de lado  las frustraciones gremiales, es posible reconocer en el trabajo de Obermaier un nuevo mestizaje arquitectónico, inspirado en las tradiciones locales y las de él mismo, reproduciendo a su manera el espíritu del barroco mestizo del Siglo XVIII. Sólo así se pueden comprender que el monumental conjunto parroquial de la Virgen de la Candelaria, en Collpani, reproduce los arcos de triunfo y atrios almenados de la arquitectura virreinal; que en el Señor de la Exaltación del barrio Paraíso, dos cóndores protegen el ingreso, que una portada que remeda el barroco mestizo da ingreso a la planta en cruz latina de la Virgen del Rosario y que las cúpulas cebolladas de corte bizantino, doradas y plateadas,  se asienten sobre cuerpos de ladrillo visto y ménsulas coloniales.

No se puede negar que los campanarios matizan la monotonía del paisaje urbano, además de convertirse en hitos de referencia obligada para toda la ciudad. De hecho, este autor no hubiera sentido curiosidad por conocer El Alto si la imaginería kitsch del polémico párroco no fuera tan desbordada ni monumental. Si el patrimonio de la Chiquitanía fue rescatado por la agresividad de Roth y puesta en el mapa de nuevo, las caricaturas germánico-aymaras obermaierianas tal vez contribuyan a que El Alto exista para los bolivianos, más allá del “Aeropuerto Internacional más alto del mundo”.

La voluntad megalómana de Obermaier alimenta la necesidad andina de restituir aquellas referencias monumentales precolombinas, reemplazadas hábilmente por los españoles con sus campanarios renacentistas y barrocos. Los policromáticos campanarios de El Alto gozan de aquella monumentalidad que Brian B. Taylor reclamó a los centros comunitarios de Miguel Angel Roca, carentes de escala cívica y por lo tanto incapaces de adquirir status de hitos urbanos (17). La claridad referencial de las torres mestizas alteñas, puntuadoras del espacio altiplánico, no podían satisfacer mejor la necesidad atávica que construyó akapanas y chullpas durante milenios. No extraña entonces que, al margen de las consideraciones académicas y gremiales cuestionadoras, los habitantes de El Alto se identifiquen con ellas. Son, al mismo tiempo y paradojalmente, una continuidad y una ruptura.

Conclusiones

Todo indica que, al comenzar el milenio, la autonomía alteña es más que un documento formal, y se trata más bien, de una realidad contundente. Finalmente, El Alto ha alcanzado la escala urbana crítica necesaria para desmarcarse urbanística y arquitectónicamente de su ciudad madre, y su desarrollo ya ha adquirido dimensiones y problemáticas particulares. Queda claro que la relación de la Ciudad de El Alto con La Paz dejó atrás la histórica unidireccionalidad con la que surgió y que hoy, alteños y paceños, con sus similitudes y diferencias, deben construir un destino común, en el marco de la complementariedad inevitable entre dos ciudades convivientes.

En términos urbanísticos, es posible que el mayor desafío de los alteños para el nuevo milenio sea el evitar lo antes posible la continuidad del modelo de crecimiento físico de bajas densidades que caracteriza a su ciudad. Al respecto, es necesario advertir que las aspiraciones, legítimas por cierto, de contar con más habitantes para lograr mayor participación en los recursos estatales, pueden distorsionar las estrategias municipales y el enfoque del crecimiento urbanístico, y determinar la inviabilidad estructural de la ciudad en el futuro mediato.

La posmodernidad arquitectónica, con sus dobles códigos formales de fuerte contenido simbólico, encuentra a la nueva capital altiplánica activa en la construcción de yuxtaposiciones y superposiciones formales y tecnológicas, que alimentan y enriquecen los imaginarios colectivos mientras satisfacen las necesidades inmediatas. De esta manera, la agresividad de la estructuración del espacio urbano, marcado por la ilegalidad y los contrastes, junto a las aspiraciones simbólicas y el utilitarismo exacerbado de la arquitectura comercial, han venido construyendo un hábitat cuyo mestizaje arquitectónico sólo podría entenderse en el marco de las contradicciones y conflictos de la posmodernidad y la globalización. Posiblemente, el barroco posmoderno alteño marque el Siglo XXI en el altiplano boliviano.

notas

1
Verificar “la inexistencia de El Alto” en el folleto La Paz-Bolivia (La Paz: Prefectura de La Paz, 1997) en donde se menciona a Tumupasa, Ixiamas y hasta UllaUlla pero no a El Alto, o el plano Guía Panorámica de Turismo: La Paz-Tiwanacu-Lago Titicaca de Victor Ascarrunz Guzmán. Solamente en el año 2000 se publicó un plano urbano, el que rápidamente se agotó.

2
Sobre la fundación de CONAVI y sus primeras urbanizaciones en El Alto, ver el artículo de Gustavo Knaudt y J. Carlos Araníbar: “Arquitectos en Tarea Oficial” en 100 Años de Arquitectura Paceña 1879-1970 (La Paz: Colegio de Arquitectos de La Paz, 1989), p. 298.

3
Sus 95.434 habitantes superaban a Potosí (77.233), Sucre (63.259), Tarija (39..087), Trinidad (27.583) y Cobija (3.649) en 1976. Ver en Godofredo Sandoval y Fernanda Sostres: La ciudad prometida (La Paz: ILDIS-SYSTEMA, 1989) y en INE: Censo Nacional de Población y Vivienda 1976 (La Paz: INE, 1977)

4
El crecimiento demográfico más significativo se produjo después de 1985. De hecho, entre ese año y 1987, la ciudad creció en más de 130.000 habitantes. Ver Rossell, Pablo: Diagnóstico socioeconómico de El Alto: Distritos 5 y 6 (La Paz: CEDLA, 1999), p. 8. La Población indígena de El Alto para 1997 era de 65%, sólo menor a la de Potosí (70%) y bastante mayor a la de La Paz (47%), según Xavier Albó: “Etnias y pueblos originarios” en Bolivia en el Siglo XX: la formación de la Bolivia Contemporánea (La Paz: Harvard Club de Bolivia, 1999), p. 453.

5
Si bien en 1997, El Alto poseía la mitad (20.352) de funcionarios públicos que la sede de gobierno (40.519), en contrapartida, la economía familiar, estrechamente vinculada a la informalidad, tenía en ambas ciudades las mismas cifras (119.797 y 118.898, respectivamente), lo que proporcionalmente implica que los alteños duplicaban a los paceños en cuanto a vocación de independencia económica. Con casi el doble de población, La Paz contaba con una población activa de 304.083, mientras que El Alto tenía 203.617, es decir, 50.000 más de lo proporcionalmente esperado. Datos del INE en La Paz: 450 años (1548-1998) (La Paz: HAM, 1998) Tomo II, p. 297.

6
Al respecto ver la Enciclopedia de Bolivia (Barcelona: Océano, 1998), p. 301-302.
7
Instituto Nacional de Estadística. Censo de Población y Vivienda 1992 (La Paz: INE, 1993) y los datos preliminares del Censo Nacional de Población y Vivienda del 5 de septiembre de 2001. De mantener su ritmo de crecimiento, en febrero del año 2007 El Alto igualaría a La Paz en número de habitantes.

8
Rossell, op. cit. p. 7.

9
La “saya” es un ritmo y baile mestizo muy popular, que mezcla la tradición negra con la altiplánica.

10
Ver el Prólogo de Rafael Archondo y el texto de Guaygua, Germán; Riveros, Angela y Quisbert, Máximo: Ser Joven en El Alto: rupturas y continuidades en la tradición cultural (La Paz: PIEB, 2000) p. 10-11 y p. 40-44.

11
Rossell, op. cit. p. 20.

12
Rossell, op. cit. p. 7.

13
Citas textuales de los artículos de Carlos Villagómez: “La experiencia urbana en Bolivia” en Encuentro Nro. 10 (La Paz: Julio, 1995) p. 72; y de Carlos Mesa Gisbert: “La Paz: la ciudad descolgada de los Andes” en La Paz: 450 años ... op. cit. Tomo I, p. 107.

14
Solamente el 6% de sus calles presenta algún tipo de pavimento y sólo el 34% de los habitantes tiene acceso a todos los servicios básicos. Hay serios problemas de contaminación en Villa Ingenio y otras zonas y los índices de criminalidad parecen ser más elevados en relación a otras ciudades. Ver el documento Foro Urbano Ciudad de El Alto: por una ciudad para la vida, segura y equitativa (La Paz: diciembre de 1999). p. 35 y ss. y en Rossell, op. cit. p. 11.

15
Los alteños presentan índices de acceso a los servicios básicos (principalmente agua potable y alcantarillado sanitario) muy inferiores a los de las otras grandes ciudades del país (Santa Cruz, La Paz y Cochabamba). Ver Instituto Nacional de Estadística: Anuario Estadístico 1999 (La Paz: INE, Julio 2000), Cuadro 3.02.08, p. 144-45.

16
Foro Urbano... op. cit. p. 35 y 49.

17
Ver Brian Brace Taylor: “Portfolio: on the slopes of La Paz” en Progressive Architecture (Abril 1993) p. 92-95. Taylor dice que los centros comunales “no parecen en nada monumentales cuando uno se aproxima a ellos”, al contrario de lo que los dibujos de Miguel Angel Roca sugieren.

sobre el autor

Victor Hugo Limpias Ortiz es arquitecto, Master de Arquitectura, Docente de “Arquitectura Boliviana” y “Arquitectura Contemporánea”, Decano del Facultad de Arquitectura y Urbanismo / Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra, UPSA.

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