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BERJMAN, Sonia. El espacio verde publico en Buenos Aires. Parte 2. Arquitextos, São Paulo, año 01, n. 008.12, Vitruvius, ene. 2001 <https://vitruvius.com.br/revistas/read/arquitextos/01.008/937>.

En la entrega anterior hemos delineado la evolución de las dos primeras épocas del espacio recreativo público de Buenos Aires, aquellas correspondientes al modelo español sin vegetación y a su reemplazo por el modelo francés verde. Los cambios producidos desde ese momento hasta hoy son expuestos en esta segunda parte del artículo que así concluye.

¡A la búsqueda de un nuevo modelo!

La Buenos Aires "masificada" de mitad del siglo XX (2) acentuó los rasgos de la urbe como ciudad de los contrastes, los cambios, las crisis, la inestabilidad y la angustia. Si la "ciudad burguesa" se había formado con el aporte de la inmigración europea, esta nueva "ciudad de masas" absorbió las migraciones internas y limítrofes, mientras se reacomodaban las élites y se afianzaba y crecía una poderosa clase media: desaparecieron el gringo y el dandy, pero aparecieron el cabecita negra y el villero (en la clase más desfavorecida), el nuevo rico, el hippie y el cheto (entre los más pudientes). Buenos Aires se caracterizó como metrópolis de la cantidad y la masividad, deteriorándose aquella prolija y pulida imagen de ciudad europea del Centenario. El crecimiento de la población avanzó significativamente hasta mitad de siglo cuando su número se estabilizó en los casi 3 millones de habitantes. Paralelamente, el fenómeno de la conurbación llevó a concentrar a más de 10 millones de personas en el complejo y desordenado Gran Buenos Aires. La atomización del centro tradicional se combinó con el corrimiento de la orilla al cordón suburbano: los límites capitalinos perdieron fuerza física y significación. La densidad de la edificación, con la construcción de edificios de propiedad horizontal llegó a límites alarmantes, aprisionando a los porteños en minúsculos habitáculos suspendidos en las alturas. La estructura barrial comenzó a sufrir profundos quiebres. La irrupción del cine primero, y de la televisión después, cambió tradicionales pautas culturales. La movilidad social y las conquistas de los trabajadores permitieron que cada vez más porteños tuvieran auto, casa de fin de semana, veraneo en lugares de turismo, clubes, etc. La ciudad física sufrió las alternativas de estos cambios tratando de adecuar su red vial con la construcción de avenidas, entubamientos, ensanches, mientras algunos ministerios, hospitales, rascacielos o estadios, no lograron ocultar el nacimiento y la expansión de las herederas contemporáneas de los conventillos finiseculares: las villas miserias vinieron para quedarse, tanto como el lujoso Kavannagh o el ahora mítico Obelisco (3).

Las alteraciones cada vez más veloces que mostraba Buenos Aires, aparecieron a algunos buscadores del lo post como señales de haberse alcanzado aquella tan ansiada modernidad del fin de siglo. En realidad esa modernidad tras la que corrimos el último siglo resultó ser un espejismo inalcanzable.

Esto fue acentuadamente válido para el caso de nuestros espacios verdes, ya que aunque la arquitectura, la moda, las artes, hayan acompañado a todos los ismos contemporáneos, los primeros permanecieron atados al modelo francés hasta bien entrada la década de 1970. Las razones principales debemos buscarlas, primero, en la jerarquía que el mismo había alcanzado por su alto nivel de resolución; segundo, por haber sido protagonista de un verdadero proceso de transculturación completado en todas sus faces; tercero, y por consiguiente, porque pasó a formar parte de nuestra propia identidad (4).

Las plazas de cemento

El modelo fundacional español, condicionó a la totalidad de la urbe. El modelo francés, con su finalidad instauradora, hizo otro tanto. Y por ello, por su persistencia en el tiempo y en el espacio mediante una tácita aceptación de la sociedad, lograron convertirse en modelos apropiados (de apoderados).

La crisis que afecta a nuestra sociedad y a nuestra cultura, acentuada en las últimas décadas, provocó la fragmentacion del concepto de ciudad como todo, como conjunto, coincidiendo con uno de los principales rasgos de la tendencia postmodernista, y abarcando todos los aspectos de Buenos Aires.

Fue así que, avanzada la década de 1970, y por efecto y en coincidencia con la Gran Dictadura Militar, esos quiebres comenzaron a ser patentizados en la disociación de la natural y primigenia unidad ciudad-ciudadano (¿tiranópolis de Mumford?) (5). Físicamente, entre otros ejemplos, el plan de Autopistas Urbanas pretendió cortar en trozos a la hasta entonces compacta urbe, y de hecho, lo logró con el trazado de dos de ellas. Entre otras realizaciones arquitectónicas y urbanísticas que pretendían mantenernos à la page, esos años nos hicieron conocer las bondades de las llamadas plazas secas, que comenzaron a surgir en baldíos o sobre antiguas plazas barriales, demostrando una vez más como se materializa la ideología de sostén del poder en ejercicio. En este caso, el poder fue utilizado tanto por las autoridades como por los proyectistas quienes, con no oculta vanidad, deseaban dejar establecida su intervención en la ciudad a partir de la erección de su propia concepción de lo moderno. Y no tenemos dudas al afirmar esto, ya que algunos de ellos han explicado que su obra era "... su decidida contribución a la conformación de un nuevo paisaje urbano" y su profesión la entendían como "... impulsadora de cambios tendientes a organizar el futuro habitat humano (...) un rol en cierto modo profético" (6).

"El peor enemigo de una imagen de moderna o futura civilización tecnológica es el árbol (...) nunca se ha visto un árbol en las ciudades de Flash Gordon (...) y ciudad es un concepto opuesto y excluyente al de Naturaleza..." (7). Parecería que este juicio crítico de Marina Waisman ha sido el axioma impulsor para quienes la idea de progreso técnico-científico se contrapone vivamente a la concepción del jardín como la naturaleza y el paraíso perdidos, ya que era "... imposible, por entonces, recurrir al modelo edénico de los paisajistas finiseculares" (8).

No hay duda de que han conseguido sus propósitos.

En mayo de 1981, al inaugurarse una de estas plazas, hicimos un rápido conteo que nos asombró con su resultado: se habían plantado 70 árboles y arbustos y también... 70 columnas de hormigón armado. Nos preguntamos entonces, y nos preguntamos ahora, si esta especie incorporada a nuestras plazas tendrá cualidades desconocidas y eliminará el anhídrido de la atmósfera, o si se le caerán las hojitas en el otoño, o por si acaso cambiarán de color con las distintas estaciones, o más aún, si los chicos podrán treparse a ellas para observar las nuevas especies de pájaros que allí se atrevan a anidar (9).

No olvidemos que una de las más importantes características de la jardinería es su permanente cambio y crecimiento, su mutación, su fugacidad. En contrapartida, el hormigón armado, como obra del hombre que desea reafirmar para la posteridad su presencia y su acción, aspira a la permanencia, a la inmutabilidad y a la intemporalidad. Y es precisamente por esta diferencia que las plazas aparecen como treguas dentro de la ciudad: oponen su dinamismo al quietismo del entorno.

Otra de las plazas del período, ya no barrial como la anterior sino ubicada en medio de un conjunto homogéneo y pesado de edificios estatales, se resolvió con 6.500 m2 de verde sobre una superficie total de 22.000 m2 (10). Nos recuerda esto la diferencia que Jean Claude Nicolas Forestier establecía entre los espacios libres de una ciudad destinados a la forestación (terre vivant) y los destinados a los vehículos (terre morte) (11). Ceemos que esas gráficas palabras son de una tremenda actualidad en una ciudad como la nuestra, apoteosis del cemento y del auto, sus privilegiados vivants.

Las plazas de la democracia

Cuando a fines de 1982 se realizó la multipartidaria concentración popular en la Plaza de Mayo reclamando la democratización del país, se presagiaban nuevos aires para el habitat porteño. La reinstauración democrática conllevó el ineludible ejercicio de volver a integrar a los ciudadanos con su morada urbana: proceso de aprendizaje costoso pero necesario, tanto para vecinos como para gobernantes, que aún debe continuar y profundizarse. Como muestra de la nueva actitud, se inició una experiencia comunitaria que aunque nos parezca toda una novedad, en realidad reedita la acción directa de las Comisiones de Vecinos en la conformación de espacios verdes tal como era habitual en el siglo XIX.

Para promover la urbanidad ese bien tan olvidado, la Secretaría de Cultura de la Municipalidad organizó un concurso de murales en una de las zonas demolidas para la proyectada Autopista Central. A raíz de esta convocatoria y de la efervescencia que ello provocó en el vecindario (12), un grupo de vecinos y de profesionales se organizó y autogestionó ante la Secretaría de Obras Públicas capitalina, la construcción de una plaza para mejorar ese entorno tan degradado. El objetivo era "... la apropiación vecinal de los livings grandes del barrio..." por lo que el proyecto potenció "...el rescate del uso que ya estaba dándose naturalmente..." (13). Por ello, los arquitectos Campi, Daitch y Romeo, respetaron senderos, situaciones, zonificaciones, ya consolidadas por el uso cotidiano, cuando el sitio no pasaba de ser un baldío ramificado entre las pocas construcciones perdonadas por la piqueta. En realidad, en este caso, aunque hubo respeto por las vivencias preexistentes, el proyecto pasó a segundo plano, porque lo más valioso fue la participación de los vecinos en la empresa común. El costo final fue reducidísimo pues se usaron pocos materiales y el equipamiento fue recolectado de diversas dependencias municipales, y en algunos casos estaban en desuso. El mantenimiento devino responsabilidad de la Comisión de Vecinos. El nombre elegido entre todos es elocuente del espíritu que guió la acción: Paseo de la Paz, ya que a través del trabajo por concretar la plaza, se lograron eliminar diferencias entre antiguos vecinos e intrusos (ocupantes ilegales de las viviendas cercanas abandonadas y que luego pasaron a ser inquilinos municipales) en un destacado restablecimiento de la salud social.

Esta primera experiencia se repitió en una docena de situaciones similares, concretándose proyectos elaborados por los habitantes de los distintos barrios y por profesionales independientes (14), dentro de una "técnica de acupuntura" – como la definieron los técnicos involucrados – conjuntamente con otras formas participativas comunitarias que también repite viejas prácticas: las huertas urbanas.

El rédito social que provoca una acción de este tipo es multiplicador porque facilita y compromete la intervención de los usuarios, quienes ven reflejadas sus aspiraciones y sus necesidades, sin dejar de lado su responsabilidad en la continuación del proyecto.

Resulta ilustrativo repasar los primeros conceptos emitidos en el mismo inicio de este programa:

"La democracia debe poseer espacios barriales aptos para la integración, discusión y esparcimiento. Agoras donde germinen las ideas, el deseo de participación y las puestas en marcha de todas las inquietudes barriales. Así irá surgiendo la cultura que nos represente. Así habremos transformado la destrucción heredada, construyendo sobre sus ruinas un habitat físico amable, que posibilite a toda la comunidad a crecer y creer en ella" (15).

La siguiente gestión municipal – denominada hoy despectivamente "era Grosso" por el Intendente acusado de corrupción – se ha caracterizado por un significativo desmantelamiento de la Dirección de Paseos, así como de los cuadros profesionales, técnicos y de obreros que en ella se desempeñaban. El lamentable estado de nuestros espacios verdes llevó a las autoridades a implementar un sistema de padrinazgos empresarios. Las favorecidas son las plazas de los sectores habitados por las clases altas, en detrimento de las ubicadas en barriadas pobres. Posteriormente, un Intendente del que mejor nos olvidamos el nombre, destruyó con una topadora la única plaza pública realizada en la Argentina por Burle Marx.

Le siguió el primer gobierno elegido por el voto ciudadano (hasta ese momento los Intendentes eran elegidos directamente por el Presidente de la República) caracterizado por un errático accionar que fluctúa entre reverdecer algunas superficies recuperadas y concluir proyectos vecinales largamente postergados, por una parte, y el enrejar cuanto cantero, monumento o plaza sea enrejable y entregar a particulares áreas ocupadas desde hace largo tiempo, por otra.

Conclusiones

Ramón Gutiérrez ha definido al proceso hispanoamericano en el Río de la Plata como de "transculturación por impostación" (16). Preferimos hablar de modelo autoimpuesto, ya que aquí no hubo cultura receptora, uno de los dos términos indispensables para un proceso de transculturación. No había cultura local, y aunque el espacio sea uno de conformadores de la cultura (geografía propiamente rioplatense) todo lo materializado devino por imposición original.

El modelo español plasmado en el espacio urbano de Buenos Aires acompañó al proceso de colonización con la eficacia de todo modelo erigido para cumplimentar dicho propósito, justamente colonial. Fue válido y útil para sustentar un poder y una ideología inobjetados. Cuando el vacío del poder central produjo un cambio político ineludible con la Revolución de Mayo y la independencia tutelar de España, subyacentemente comenzaba a gestarse, a su vez, un cambio acorde en la estructura de la ciudad. La demora en la concreción estable de ese cambio político arrastró consigo al cambio urbano y debieron transcurrir muchas décadas para que un nuevo modelo pudiera instaurarse en la ya, para entonces, Capital de la República.

Desde 1850 a 1880 podemos establecer una franja de coexistencia de los dos modelos: el español en retroceso y el francés en avance. A partir de 1880, con el establecimiento perdurable del modelo francés se produjeron cambios a los que sí podemos denominar encuentro de dos culturas, ya que en nuestro suelo se hallaba sedimentada una realidad de tres siglos que acogió las nuevas pautas cosmopolitas en una transculturación real.

Las intenciones de ambos focos emisores (España y Francia) fueron las mismas. Las diferencias están en la construcción de una ciudad aparentemente homogénea en el primer caso, y en otra polarizada en los opuestos centro-orilla en el segundo.

La nota más sobresaliente de la nueva realidad transculturizada fue, indudablemente, la nueva situación del verde, de la vegetación, que ocupó un espacio del que había estado ausente. Las calles y los paseos arbolados – una naturaleza ordenada y dominada por el hombre – vinieron a reacondicionar biológicamente a una ciudad que, al crecer desmesuradamente, alejaba a la otrora naturaleza virgen al alcance de la mano.

Hubo una interacción entre cambio de modelo y cambio de estilo de vida, pero lo aparentemente elitista sirvió para reintroducir la idea de la naturaleza en la ciudad, siguiendo además los postulados de un higienismo que a la larga no fueron suficientemente escuchados.

El nuevo tratamiento paisajístico del espacio público ayudó a jerarquizar determinadas zonas de la ciudad en detrimento de otras, alterando los valores inmobiliarios, como había ocurrido en otras ciudades del mundo en situaciones similares (17).

El modelo francés se constituyó en un modelo útil a una población de inmigración cuyos pocos ingresos no les permitían otros pasatiempos. En el otro polo social, la aristocracia establecida y la burguesía en formación, tuvieron la posibilidad de apropiarse de ámbitos urbanos donde desarrollar sus nuevas formas de vida. Como bien ha apuntado la antropóloga Graciela Caprio, con el modelo francés hubo un

"... cambio profundo y trascendental en el medio ambiente que provocó las consiguientes respuestas de adaptación cultural en los grupos que habitaban la ciudad. La elite dirigente (...) comenzó por crear su propio ámbito (...) se identificaba con la civilización, o como lo denominaban en esa época, se inició la modernización de la ciudad". (18)

Ahora, aquellos que se encuentran elaborando el duelo por el fin de una posmodernidad pretendidamente propia (sin por ello desdeñar el post-post o la deconstrucción) deberán tomar conciencia de que "Nuestra situación demuestra que el principal problema no es para nosotros el de la posmodernidad, sino el de no haber concretado nuestra modernidad" (19).

Si los primitivos espacios verdes fueron "concesiones de las tierras reales para placer de la gente" y los modernos "son regalos de la gente a sí misma" (20) ¿qué nos estamos regalando nosotros? Una degradación vegetal constante, un mantenimiento cada vez menos efectivo y una continua pérdida de superficie dedicada exclusivamente al verde natural, nos han conducido a una ciudad des-naturalizada, cada vez más intrincada en su red artificial, en la cual el habitante está perdiendo la posibilidad de encontrar treguas, oasis de relax en el extendido desierto construido.

En resumen, en las últimas décadas Buenos Aires ha visto languidecer su otrora excelente dotación de parques y plazas. La segmentación brutal entre centro y periferia ha producido situaciones límites de inhabitabilidad en barrios marginales. Sin embargo, la falta de espacios verdes no se limita a los vecindarios tugurizados sino que afecta a la ciudad en su totalidad.

Hoy, cuando el siglo XX va siendo el siglo pasado, debemos rescatar la acción de los visionarios decimonónicos, aquellos pioneros constructores de nuestras llamadas ciudades modernas, en las que el parque público respondía a básicas premisas de higiene, ornato y recreación. Es la herencia del pensamiento francés en conjunción con la decisión gubernamental argentina, y es, en definitiva, la única posibilidad de reencontrarnos tanto con una naturaleza olvidada como con una parte esencial de nuestra identidad apropiada, la que ha terminado por pertenecernos tan genuinamente que ya no es posible imaginar una Buenos Aires sin sus parques y plazas franceses, hoy ya irremediablemente porteños.

notas

1
La primera parte de esto artículo puede ser leído en: BERJMAN, Sonia. "El espacio verde publico: modelos materializados en Buenos Aires - parte 1". Arquitextos, Texto Especial nº 046. São Paulo, Portal Vitruvius, jan. 2001<www.vitruvius.com.br/arquitextos/arq000/esp046e.asp>.

2
ROMERO, José Luis. Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1976.

3
Un panorama completo de la evolución de Buenos Aires puede verse en: ROMERO, José Luis; ROMERO, Luis Alberto (Directores). Buenos Aires historia de cuatro siglos. Buenos Aires, abr. 1983.

4
Aguerre, Femández Landoni, Kraisman, Montagnoli. "Transculturación de modelos en la arquitectura de nuestra ciudad: el caso de las galerías comerciales". Trabajo de Investigación presentado a las VI Jornadas de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, agosto 1989. Estas autoras plantean que todo proceso de transculturación se desarrolla en tres etapas (no necesariamente sucesivas): 1) importación (sin modificación del modelo), 2) asimilación (incorporación de algunos elementos), 3) apropiación y resemantización (se modifica en su contenido y significado).

5
MUMFORD, Louis. La cultura de las ciudades. Buenos Aires, Emecé, 1945.

6
FÈVRE, Fermín. Serra-Valera: un nuevo paisaje urbano. Buenos Aires, Ediciones Unión Carbide, s/f, p. 30 y 8.

7
WAISMAN, Marina. La estructura histórica del entorno. Buenos Aires, Nueva Visión, 1985, 3º ed. Idem. Documentos para una historia de la arquitectura argentina. Buenos Aires, Summa, 1980, p. 251.

8
Ver nota nº 6, p. 4.

9
Nos referimos a la Plaza San Miguel de Garicoits, obra del estudio Serra-Varela, ubicada entre Alvarez Thomas, Delgado, Virrey Arredondo y Calabria.

10
Nos referimos a la Plaza B. Houssay, obra de Pradial Gutiérrez, ubicada entre Córdoba, Paraguay, Junín y Azcuénaga.

11
Citado por ROTTA, Vicente. Los espacios verdes de la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, H. Concejo Deliberante, 1940, p. 8.

12
Nos referimos al vecindario de Monroe y Holmberg, en el barrio de Villa Urquiza.

13
De la entrevista mantenida con la Arq. Aida Daitch el 12 de mayo de 1989.

14
Las obras correspondientes al período 1986-89 y llevadas a cabo por intermedio de la Comisión de Relaciones con la Comunidad (Secretaría de Obras Públicas, Municipales de Buenos Aires) son: Plazas: Paseo de la Paz, Riachuelo, Plazoletas: Zárraga, Los Amigos, La Amistad, A. Zinny, F. Ameghino, Giribone y Plaza, Conector Peatonal White, Conjunto Habitacional Soldati; Huertas Urbanas Comunitarias.

15
Campi-Daitch-Romero. "Memoria" presentada al concurso "Arte y Color para nuestra ciudad" MC BA, Secretaría de Cultura, noviembre 1985.

16
GUTIÉRREZ, Ramón. "Presencia y continuidad de España en la arquitectura rioplatense". En: Hogar y Arquitectura. Madrid, nº 97, 1971.

17
Por ejemplo, en New York y en París.

18
CAPRIO, Graciela. "Consecuencias culturales del proceso de urbanización. Buenos Aires 1880-1930". En: Primeras Jornadas de Historia de la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires, MCBA, 1985, p. 75.

19
MARÍ, Enrique. "El sujeto de la historia y las asechanzas de la resignación". En: Clarín. Buenos Aires, 24 de marzo de 1988, Sección Cultura y Nación.

20
Encyclopedia Britannica. Citado por JACKSON, J. B. "The public park needs reappraisal". En: Urban Open Spaces. New York, Cooper-Hewitt Museum, 1979, p. 15.

sobre el autor

Sonia Berjman es doctora en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos AIres, doctora en Historia del Arte por la Université de la Sorbonne, Fellow postdoctoral de Dumbarton Oaks Library (Harvard University), ex Investigadora del CONICET y de la Uuniversidad de Buenos Aires, Vicepresidenta del Comité Científico Internacional "Jardines Históricos-Paisajes Culturales" de ICOMOS

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